Miguél Ángel García


Dicen que Cacciabue pinta así porque la vista le falla. Yo no lo creo; Cacciabue abofetea a los ciegos, que son la gran mayoría, para que aprendan a ver. Como hicieron Edvar Munch, Emil Nolde, Ernst Kirchner (¿será pariente el pingüino?) y los demás expresionistas, un linaje del que el pintor argentino claramente desciende.

Con otro antepasado geográficamente más cercano, el boquense Benito Quinquela Martín, heredero a su vez del realismo social inglés.

Ese Buenos Aires rayado de sangre que vio Cacciabue es tan real como las postales con el obelisco. Y sigue siendo real la cita de Quinquela Martín con sus naves en el Riachuelo.

El pintor argentino ama la música, en particular el jazz y el tango. Es el principal contenido de su muestra en Bologna, Italia, “Donde el barro se subleva”. Es que el jazz y el tango son tan pintables, son tan visivos sus sonidos. Cacciabue representa músicos y ambientes musicales, pero su pincel lo traiciona, y termina pintando la música y basta.

Como los protagonistas de su serie “El box”, que se reducen paso a paso a la finta, al puñetazo, al esfuerzo, a un movimiento que se traga sus figuras.

No he podido ver todavía la obra de Cacciabue como ilustrador. Me aconsejaron que vea “Una modesta proposición” de Jonathan Swift, ilustrada por Horacio Cacciabue, editada por El molino de pimienta en 2002. Lo haré apenas consiga la obra en Buenos Aires, y después les comento.

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