RAÚL SANTANA


Las obras de Horacio Cacciabue son el repetido intento de atrapar en la tela o el papel visiones cuyo dinamismo solo permite fijar huellas; sus escenas se hacen y deshacen en una vertiginosa danza que a todo lo somete a sus ritmos y de la que sólo es posible fijar algún instante del continuo movimiento; o mejor dicho, el artista expresa que, lejos de la mansedumbre y el reposo, la vida es pura contingencia, un perpetuo juego de tensiones y distensiones que nos acompaña en el diario vivir.
Aún los modelos que son más propicios para expresar el reposo siempre están concebidos con esa urgencia, que mezcla lo bocetado con lo acabado, lo insinuado con lo dicho, como si la acechanza del tiempo -antes de que el artista fije su visión- pudiera desvancerla; la constante puesta en obra de estos recursos es la que expresa en sus elocuentes obras, gran frescura y espontaneidad.
Si pensamos en aquella definición que hizo Nietzche de lo dionisíaco como opuesto a lo apolíneo, no debemos tener dudas que Cacciabue se inscribe en la primera categoría, pues como un dionisíaco, su encuentro con la naturaleza y el mundo transmite la ebriedad del artista frente a lo real.
No es casual que parte de la obra de Cacciabue esté dedicada a escenas de box. Es en el ring, en ese enfrentamiento de cuerpos y miradas donde uno de los contrincantes finalmente llegará al triunfo, en donde el artista avizora algo de su propia experiencia. Hasta cierto punto, para un pintor como Cacciabue, que expone su cuerpo frente a la tela permanentemente, a través de una decidida “materia directa”, el box tuvo que tener un enorme atractivo; aún sabiendo que el triunfador o el derrotado será él mismo. De lo que podemos estar seguros es que paso a paso, el pintor desentrañará su obra, sabiendo que tendrá grandes contrastes de color, pero sin saber de antemano adonde lo llevará su accionar.
Tampoco es casual el gusto de Cacciabue por la música, a la que permanentemente se refiere: la temporalidad de su despliegue será trasmutada por el artista en la simultaneidad de sus imágenes, mezclando espacio y tiempo. Si el tango está presente en muchas de sus pinturas, es sobre todo al jazz al que dedicó otra parte de su obra, sin duda atraído por la constante improvisación que es central en él, desplegando o haciendo crecer los temas en insólitos vaivenes o transformaciones.
En cualquiera de los casos el azar es una cifra misteriosa que como un fantasma ronda las obras de Cacciabue manifestando la enorme vitalidad de quien sabe hacer arte con la contingencia para ganar la partida y seguir celebrando la vida.

Raúl Santana, Octubre 2011


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